En el siglo XXI, España ha dejado de ser un país de emigrantes, como sucedió en el siglo anterior, para convertirse en un país de inmigrantes. La óptima situación económica que disfrutaba nuestro país hasta hace muy poco tiempo ha permitido que personas de diferentes países, lenguas, culturas y religiones lleguen al territorio español día tras día con la idea de un progreso en sus vidas y en la de sus familias. Estas personas traen consigo, como ya he comentado, diferentes lenguas, culturas y religiones, al igual que diferentes formaciones académicas; es decir, muchos de los extranjeros que vienen a España tienen incluso estudios universitarios importantes en sus países de origen. Es por eso que nuestro país ya no es un país monoétnico, sino que estas personas han traído consigo en sus largos viajes un “saco de costumbres” que nos han ayudado a abrir nuestras mentes hacia un mundo nuevo y plurilingüe.
Es obvio que al haber personas de lugares tan diferentes nuestra cultura se ve enriquecida, pues sumamos nuevos modos de ver la vida al que ya conocíamos nosotros. Sin embargo, a la hora de enfrentarse a una clase en la que haya alumnos y alumnas de diferentes nacionalidades, la cosa puede complicarse hasta límites insospechados. Es probable, sin embargo, que por más problemas de adaptación que la inmigración pueda traer siempre será a largo plazo más beneficiosa y culturalmente enriquecedora que la carencia de la misma. Cada alumno trae unas costumbres propias consigo que son a veces difíciles de conjugar con las de los demás niños. Si hablamos de alumnos de Educación Infantil o del primer ciclo de Primaria, la tarea que afronta el maestro puede ser aún más complicada, ya que cuando se trata de niños más pequeños, éstos no son capaces de entender la multicidad étnica de sus clases, y por tanto no entienden cómo un niño árabe, por ejemplo, no puede tomar desayuno en ciertos días del año.
Hay que ser consciente de que la diversidad cultural que presenta una clase con alumnos de distintas nacionalidades es un arma de doble filo. Es indudable que tal diversidad permitirá a nuestros alumnos más pequeños, que serán los hombres del mañana, ser personas abiertas y tolerantes hacia una problemática que afecta a la sociedad de todo el mundo. Sin embargo, es esta misma diversidad la que puede conllevar ciertos problemas de adaptación tanto al alumno extranjero como al alumno autóctono. Es decir, si, como dije anteriormente, a un niño español le cuesta entender que un alumno musulmán no desayune en ciertos días del año, probablemente también al alumno musulmán le cueste entender por qué los otros niños sí desayunan en esos días del año. Por tanto, la adaptación a una clase con diversidad étnica ha de tener lugar por ambas partes, la nacional y la extranjera, lo que llevará por ende a un enriquecimiento mutuo.
Desde el punto de vista del docente, atender correctamente a la diversidad demanda un gran esfuerzo; sin embargo, si se logra hacer bien, también trae una enorme recompensa y satisfacción. Hemos de ser conscientes de que los maestros de Educación Infantil somos las puertas de entendimiento entre los alumnos de diferentes etnias y los alumnos españoles; pero no sólo eso, sino que también lo somos para los padres de alumnos extranjeros, ya que a veces llevan tan poco tiempo en España que no conocen bien el idioma, y les resulta complicado entenderse con otras personas. Por eso si nosotros hacemos bien nuestro trabajo, esos padres verán en nosotros una fuente de ayuda, lo que puede reportarnos grandes recompensas, pues si el ambiente de casa es el adecuado, el alumno trabajará y se relacionará mejor con sus compañeros.
Cuando los alumnos entran a clase el primer día y ven a otros alumnos de color diferente a ellos, o que hablan en otro idioma, se sorprenden. Por eso, creo que una buena idea para normalizar la situación es una tarea de presentación. He realizado este experimento en varias ocasiones, y los resultados han sido siempre buenos, además de presentarse una diferencia bastante amplia entre la relación de los niños con sus compañeros cuando se ha realizado el experimento y cuando no ha tenido lugar. El experimento es el siguiente: existen tres ámbitos diferentes donde podemos ver con más claridad las diferencias étnicas: las comidas, la religión y la ropa. Son tres ámbitos muy fácilmente reconocibles para los alumnos más pequeños (probablemente el más complicado es el religioso, que se podría abordar en su dimensión lúdico-festiva u obviar completamente en esta etapa según considere cada profesor en función de la opinión de los padres). Por eso a los alumnos se les pide que al día siguiente vengan vestidos con algo típico de sus países y que traigan una comida típica para ellos, algo sencillo que pueda ser elaborado en sus casas sin dificultar la tarea de los papás. Así, al día siguiente en asamblea cada alumno explica su ropa, y da a probar un poco de su comida, explicando previamente qué es y cuando es típico comerlo. A veces he pedido también a los padres y madres que pudieran venir a clase que ayudaran a sus hijos con estas explicaciones. De este modo no sólo los niños y niñas aprendían algo sobre otras culturas sino que también lo hacen los padres. Y este punto es importante, ya que a veces no es tan necesario abrir las mentes de los más pequeños como lo es abrir la de sus padres y madres, ya que si en casa oyen cosas diferentes a las que les enseñamos en clase los alumnos acabarán sin saber qué creer, y esta confusión afectará enormemente al comportamiento del alumno dentro del aula. En cuanto a la religión, esta es la parte más difícil de explicar para los alumnos. A veces les he pedido que traigan una foto de sus dioses para que el resto de alumnos entiendan que hay otros dioses además del suyo, y que todos ellos son tan válidos como el suyo. Gracias a esta exposición, los alumnos pueden llegar a entender por qué algunos compañeros suyos no celebran la semana santa o la navidad de la misma manera que nosotros, o no la celebran en absoluto; de la misma manera los alumnos españoles pueden entender cómo algunos de sus compañeros celebran algo llamado ramadán o la peregrinación a la meca en caso de los musulmanes, y el año nuevo chino, el festival de los Botes Dragón y el festival de medio otoño, en el caso de la cultura china.
Es por todo esto, y con vistas a que los alumnos más pequeños de todo el sistema educativo acepten con total normalidad las diferentes culturas que pueblan nuestras aulas, que todas las fiestas más importantes que se celebren en las comunidades de procedencia de nuestros alumnos son recreadas de algún modo en nuestra aula. Por tanto, entre finales de enero y principios de febrero, diseñamos un pequeño dragón bajo el cual bailaremos para celebrar el año nuevo chino ataviados con los colores rojo y dorado que, para esta cultura atraen la buena suerte, o explicamos y hablamos del ramadán cuando este mes concurre en el calendario lunar árabe, con la ayuda de algún padre o madre que se ofrezca voluntario para ayudar a su hijo o hija en sus explicaciones. Es decir, nos interesamos por las costumbres de todos los alumnos y alumnas del aula.
Gracias a estas medidas y a algunas otras que son comunes a todas las aulas, como el respeto por el compañero o la integración de todos los miembros del aula en un solo grupo heterogéneo, los alumnos de Educación Infantil aprenderán a comportarse de forma respetuosa en un mundo donde la diversidad cultural se da de muchas maneras y probablemente se seguirá dando cuando los niños que hoy tienen tres años tengan mañana veinte.
En definitiva, el aula es el marco ideal para enseñar a los alumnos de distintas razas, lenguas y religiones que conviven en ella a respetar las diferencias de los otros y aportar lo mejor de su cultura para que de ahí surja una sociedad futura en la que el respeto, la igualdad y la tolerancia sean la nota predominante.