El incremento de la multiculturalidad
entendida como
la presencia simultánea en un
mismo espacio social y político de individuos y grupos
que afirman diferentes identidades
culturales y reclaman
el reconocimiento de valores,
normas, prácticas sociales e
instituciones acordes con
ellas, es ya un factor estructural
de nuestras sociedades.
Una realidad que exige reflexiones
y respuestas sobre varios
ejes, cuya impofancia y
complejidad hacen difícil un
tratamiento completo y en
profundidad de todos ellos.
Pienso, por ejemplo, en el
debate acerca del pluralismo,
no sólo en relación con la ética,
sino con la cultura, con el
derecho y con la política, en
el marco de la UE, ampliada
a veinticinco miembros. En
la relación entre pluralismo,
identidad y ciudanía que
debiera proporcionar el marco
constitucional, el español
y el europeo, a la luz de la
presencia de l8 millones de
inmigrantes residentes estables
en la UE (es decir, casi
el séptimo país de la UE, y
hablo sólo de inmigrantes residentes
legales permanentes),
y de las perspectivas de
flujos migratorios con destino
a la UE en los próximos
años.

La gestión de la presencia de la inmigración, catalizador del modelo de democracia multicultural