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Inmigración y Educación. Una visión desde la perspectiva de la sociedad española

Por Tomás Calvo Buezas

 

Tomás Calvo Buezas es Director del Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo (CEMIRA), Catedrático de Antropología Social de la Universidad Complutense de Madrid.

Queridos amigos y amigas, aunque el currículum ha sido largo, yo voy a añadir un dato que explica mi pasión por la escuela, y que a todos vosotros os llame de tú y que os considere amigos. Yo nací en el piso de arriba de una escuela rural de Extremadura; mis primeros sonidos son: dos por dos, cuatro; tres por tres, nueve; yo aprendí a gatear cuando la chica que me cuidaba, entraba a la escuela de mi mamá y, mientras escribía en el encerado, me entraba por una puerta lateral, porque iba a ver al novio; y mi primer maestro ha sido mi papá, que estuvieron cuarenta años en una escuela rural extremeña; mis hermanos también han sido profesores de Instituto y yo soy profesor de universidad. En consecuencia, junto a mi vivencia de emigración (pero emigración de lujo, como profesor) pues he vivido fuera de España nueve años, el título más preciado, para que yo esté aquí con ustedes -el “ustedes” me sale por mis cinco años en América Latina- para conversar sobre este tema es mi especial vivencia personal con el mundo de la enseñanza y particularmente con el profesorado.

En vez de dar datos, pues muchos de ellos ya los ha dicho la señora ministra, o dar orientaciones pedagógicas o programas, voy a intentar exponer el tema del reto y del desafío de la educación de los niños emigrantes, en una coordenada mundial. La escuela está en España, España está en Europa y Europa está en el mundo, son cosas obvias, pero es lo obvio lo que hay que señalar para dar una educación, llámese intercultural o como se desee, de fondo, para situar a los niños en qué mundo viven. Este es el problema. No es que nos hayan venido cuatro marroquíes, cuatro latinoamericanos, sino en el mundo en el que viven y vivirán todos los niños y adolescentes, españoles y extranjeros, que hoy tenemos en nuestros centros escolares. Por consiguiente, voy a partir del escenario mundial, después, aunque no tanto, del escenario europeo y más tarde trataremos sobre la inmigración en España y cómo se refleja este fenómeno en la escuela, aportando, si me da tiempo, algunos datos de un proceso continuado de encuestas que yo he realizado desde 1986 hasta el momento presente sobre actitudes de los escolares ante otros pueblos y culturas.

Si echamos una mirada al mundo contemporáneo, observamos una serie de fenómenos aparentemente contradictorios, pero que están dialécticamente relacionados. Por una parte, nunca como ahora formamos parte de lo que se ha llamado la aldea global, es decir, un espacio de comunicación y de intercambio que se suele llamar mundialización, y que tiende hacia el universalismo, hacia la integración y hacia la globalización. El mundo se ha convertido en una plaza grande, donde se mueven gentes de todas las razas y culturas; y en un gran mercado donde libremente transitan capital, tecnología, recursos, empresas y productos, no así libremente personas. Algunos analistas explican este incremento de la integración universalista, entre otros factores, por el triunfo del capitalismo liberal de naturaleza transnacional y expansionista: el capitalismo no es, primordialmente, nunca nacional, nunca racista, nunca religioso, sino que su objetivo prioritario es el máximo beneficio económico. Según esto se aliará con unos y con otros, según sus intereses a corto, medio o largo plazo. Y en ese sentido, el capitalismo es universalista, ya que está por encima de los estados, de las naciones, de las etnias y de las religiones. Este triunfo del capitalismo liberal explicaría la ruptura de fronteras étnicas y culturales cerradas. Con la caída de los estados comunistas, según algunos analistas, el imperante capitalismo habría desarrollado aún más su dimensión universalista, integradora y globalizadora. Esto nos explicaría una coordenada creciente en el mundo actual: que no existen islas, que no existen poderes absolutos, sino que hay poderes que se entremezclan, económicos y políticos, por encima del poder de las naciones, de las ideologías o de los grupos. En este sentido, esto sería una incitación para superar las barreras de la nación, de la lengua, de la religión, etcétera, para unirnos en una comunidad humana más universalista. Ahora bien, y por eso aquí hay que analizar los procesos dialécticos, el mundo camina hacia la globalización como fenómeno social -otra cosa son los efectos negativos- pero a la vez, y esto es lo que quiero resaltar en mi discurso, cuanto más nos universalizamos, más nos retribalizamos en el ámbito simbólico. Es decir, que se da, por una parte, una destribalización -por ponerlo en lenguaje antropológico- estructural y económica; nunca como ahora el mundo se ha relacionado tanto en el mercado, en las comunicaciones, en las nuevas tecnologías, en internet, etcétera. Pero eso no conlleva, la destrucción de las afinidades localistas, particulares o singulares, sean de origen étnico, nacional, religioso, etc. Por tanto, la dialéctica es que a mayor globalización, mayor localización. Luego el desafío es cómo nos sentimos y hacemos sentir a nuestros niños, que viven en un mundo universal, ciudadanos del mundo -que hay que desarrollar aún más, porque el otro extremo, el localista, está más desarrollado- y, a la vez, legítimamente, también debemos y deben sentirse nuestros escolares, ciudadanos de alguna parte.

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