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Multiculturalismo y tolerancia

Por Cristina Peri Rossi






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El concepto de cultura es uno de los más difíciles de definir desde la antigüedad. Numerosos filósofos, pensadores y sociólogos han propuesto distintas definiciones, pero algunas resultan demasiado amplias y otras, demasiado estrechas. Con la irrupción en Europa de los inmigrantes (fenómeno inverso al habitual: siempre habían sido los europeos hambrientos, perseguidos o ansiosos de ganancias quienes habían emigrado) la palabra multicultural se ha puesto de moda y los medios de comunicación plantean numerosos debates en torno al fenómeno que ocurre en las calles, en los barrios: la convivencia con el otro o la otra, las diferencias, la tolerancia o la intransigencia.

La definición más amplia y extendida de cultura la dio Octavio Paz hace muchos años: dijo que eran las costumbres, los usos, los «cultivos» y los saberes de cualquier comunidad, que, según decía, abarcaban desde la poesía hasta la manera de enterrar a los muertos, los ritos, las danzas, la ciencia o la política. Creo que es una definición demasiado amplia y confusa que, en su afán de abarcar casi todas las actividades humanas, induce a error. El diccionario, en cambio, es más claro: dice que cultura es el resultado o el efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse por medio del ejercicio de las facultades intelectuales. Sólo en la cuarta acepción, en la que corresponde a la antropología, agrega: «Conjunto de valores y formas de la vida material y espiritual de un grupo étnico».

Si no nos ponemos de acuerdo acerca de qué es la cultura, el multiculturalismo corre el riesgo de convertirse en una caja de Pandora que todo lo encierra, que todo lo admite, incluso aquello que es una incultura. Lo quiero decir con toda claridad: en nombre del multiculturalismo no se pueden tolerar costumbres que atentan contra los derechos humanos o de los animales, contra la integridad física y psíquica de las personas. Porque costumbre y cultura no son lo mismo; muchas veces resultan antitéticos. Los hábitos, las costumbres, los rituales difícilmente son cultura: en la medida en que repiten de manera casi siempre alineada (es decir, acrítica) una serie de actos sostenidos por la tradición son costumbres, pero no necesariamente cultura, ya que la cultura tiende al conocimiento, al progreso, al ejercicio de las facultades intelectuales, nunca al dogma, ni a la imposición, ni a la repetición. Si costumbre y cultura fueran la misma cosa, se podría dar el caso paradójico de que apalear negros formara parte de la cultura de algunos norteamericanos del Sur o que emborracharse y drogarse en las discotecas los fines de semana formara parte de la cultura de muchos jóvenes españoles. Y así sucesivamente: perseguir judíos formaría parte de la cultura alemana o perseguir palestinos, de la cultura judía. Amputar las manos de los ladrones, lapidar adúlteras o encarcelar a homosexuales sería parte de la cultura de algunos pueblos orientales, por ejemplo.

No: por encima de las costumbres, de las religiones, de los hábitos, de las creencias y de los rituales existen los derechos humanos, consagrados por las Naciones Unidas, y estos derechos inalienables, de hombres y de mujeres llegará el día en que habrá que reconocer también los de los animales son la cultura superior, la universidad, la que debe regir en cualquier sistema político y debe ser respetada por todas las religiones, tradiciones o folclores.

La integridad física y psíquica del individuo, hombre o mujer es un derecho superior y sólo las culturas que lo respetan merecen ese nombre. El multiculturalismo es respeto, sí, pero no todo es respetable en una cultura determinada. Linchar negros es un acto de incultura, igual que los actos de violencia de los hinchas de fútbol o la violencia masculina contra las mujeres. ¿O debemos considerar que esa violencia forma parte de la cultura masculina porque el 48% de las mujeres europeas la han padecido alguna vez, según datos oficiales de la Unión?

La Historia se ha encargado de demostrar que no todas las costumbres o ritos son culturales: ha cambiado la forma de arar la tierra, de curar las enfermedades, de enseñar a los niños y de proteger a los disminuidos. Si las costumbres fueran cultura, seguiríamos en la edad de la caverna.

Multiculturalismo sí, pero mientras no atente contra los derechos fundamentales de cada individuo. Y, por otro lado, esos derechos que un individuo adquiere por el solo hecho de nacer deben ser respetados en las comunidades adonde llega o se establece. Es decir, si tiene que renunciar a la ablación de sus hijas, porque la ablación es un atentado a la integridad de mujer, también es acreedor a los derechos de la cultura a la cual llega: no puede ser explotado económicamente por ser extranjero y tiene que disponer de todos los beneficios de la nueva sociedad.

En la Historia de la Humanidad hubo culturas dominantes, y esa dominación se consiguió, casi siempre, por medio de la fuerza, de las armas. Aun así, la contaminación, el mestizaje fue inevitable: los romanos que vencieron en la guerra a los griegos, terminaron seducidos por su cultura, y Leonor de Aquitania y sus cortesanas consiguieron imponer, en el Mediodía francés, la lectura, la escritura y el uso de cubiertos a los señores feudales cuyo instinto les llevaba sólo a batallar. Hoy, el multiculturalismo, en Europa, es la convivencia pacífica, democrática e igualitaria de ciudadanos de diferentes orígenes que adoptan, para subsistir, el pacto del respeto a las diferencias, la tolerancia con lo otro, pero aceptan, por encima de todo, los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas, forma de Gobierno universal que hemos adoptado para defender a los hombres y a las mujeres justamente de la intolerancia, de la prepotencia, de la desigualdad y de cualquier forma de tortura.

Parece mentira, diría mi abuela, que a principios del siglo XXI todavía sea necesario luchar por los valores de la Revolución Francesa, hasta en Europa.

Del mismo modo, el concepto de tolerancia tiene que tener límites. En realidad, todo lo existente tiene que tener un límite, de lo contrario se convierte en psicótico y hace la convivencia imposible. Debemos, y es beneficioso, tolerar las diferencias (amarlas ya es un grado sólo concebible en quien está muy seguro de sí mismo) mientras esa tolerancia no se convierta en complicidad con la incultura, con el crimen o con el atentado a los derechos fundamentales. Tolero que mi vecino escuche música rock, que no es la que me gusta, siempre y cuando lo haga con un volumen que no me impida ni leer, ni escribir, ni escuchar mi propia música. A su vez, me obligo a escuchar a mis cantantes favoritas de ópera sin que sus maravillosos agudos (que deben ser detestables para él) le impidan dormir, rascarse o descansar (creo que no lee). La tolerancia debe ser recíproca y con un límite preciso: los derechos individuales. Y esto se aplica a las diversas religiones, a todos los sexos en el mundo y a las culturas, cuando lo son. Porque no todo a lo que el regionalismo, el folclore y el localismo llaman cultura lo es. A veces, son sólo costumbres. Fundar una identidad en el costumbrismo puede dar beneficios políticos a algunos partidos, pero una identidad rígida es una forma de estancarse; de no crecer. De narcisismo, en definitiva.

Cristina Peri Rossi es escritora.






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